
Lía entra a la escuela, el tiempo da pasos cada vez más apresurados y nosotros le vamos persiguiendo, tropezando a veces y otras con mayor diligencia. Sin duda éste es un paso importante, muchas mamás me habían contado que lloraron el día que por primera vez llevaron a su hija o hijo a la escuela, siempre me parecieron anécdotas simpáticas y divertidas. Hoy siento en mi corazón y en la boca de mi estómago algo bastante alejado de la simpatía y la diversión. Mi cabeza da vueltas y vueltas y mi cuerpo se estremece con el tema del abandono, la culpa, la preocupación. Cómo va a sentirse, qué entenderá del asunto, qué tanto va a extrañarnos, y a llorar, cuánto tiempo le llevará estar contenta (por que también es cierto que confío en que ese momento va a llegar) y cómo explicarle, cómo hacer que le sea clarísimo que cada día, siempre, siempre, siempre regresaremos por ella.
Hace unos días fuimos juntas a conocer el lugar, yo la cargaba y me indicó con claridad que la dejara en el piso, así lo hice y desde ese momento no paró, se acercó a los niños, exploró los juguetes, visitó los rincones y se veía confiada, libre y contenta. Eso tranquiliza un poco mi alma. Ayer le contaba, “Lía, vas a ir a la escuela y vas a tener una maestra que se llama Diana”, ella contestó contenta “pa pn” o sea que ahí había pelotas, y “na, na” que había nenas, al rato ya hacía intentos por decir el nombre de su maestra y se veía contenta y señalaba la puerta, que es lo que hace cuando quiere ir a un lugar. Esto también ayuda un poco a calmar mi alma. Sin embargo la incertidumbre flota en el aire y me dificulta un poco la respiración. Ya veremos lo que pasa el lunes, ya pasaremos por otro pasaje difícil, ya lloraremos, nos extrañaremos y lo superaremos, otra vez los tres juntitos.