Recuerdo el día de muertos del año pasado, los tres frente al altar y Lía sentada en su silla, quietecita observando los colores y las velas sin interactuar demasiado con el estímulo. En algún momento imaginamos cómo estaría Lía al siguiente año. La fecha está por llegar y Lía rebasa lo imaginado. Puedo ahora mirarla con claridad lanzándose a explorar cada objeto de la ofrenda. “¿Y si la ponemos en alto?”, no creo, mejor abajo, a su alcance, que huela las flores, que las agarre y las deshoje, que chupe las calaberitas de azúcar, que meta sus manos en las cazuelas, sople las velas, muerda los panes y se empape de la tradición.
Llega este fin de semana con sentimientos encontrados, por un lado las ganas de mostrarle los colores y que disfrute de la fiesta y por otro la angustia que provoca la destetada final, este fin de semana quitaremos por fin el pecho de las noches y los fantasmas ya rondan por mi cabeza. Cómo reaccionará, cómo vamos a contener su enojo, cómo va a dormir a partir de esto, ¿mejorarán nuestras noches?, en verdad espero que si, llevamos el tiempo que tiene de vida sin dormir más de cinco horas seguidas y la mayoría de las noches despierta cada dos o tres horas. La cuestión es que una vez más no hay certezas, tal vez duerma mejor o tal vez peor, tal vez aprenda pronto a conciliar el sueño de otras formas o tal vez se vuelva una batalla dramática que nos deje exhaustos a los tres, tal vez esto la haga sentirse más segura, más independiente o tal vez exalte su apego, su necesidad de mamá, quizá yo me sienta descansada y liberada o quizá extrañe mucho tenerla tan cerquita. No sabemos qué pasará pero si que algo va a cambiar a la vuelta de la hoja.